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"Para
qué Hacer las Cosas Bien"
Asociación
de Estudiantes de Ciencias Económicas y Empresariales
Comité Local de Mayagüez (AIESEC)
Recinto
Universitario de Mayagüez, UPR
29
de agosto del 2002
Muy buenos días tengan todos.
Lo primero que quiero decir
es la satisfacción que sentí cuando leí el título
que le dieron a esta Conferencia. Además de ser
muy original, ustedes han pensado, con ese título,
uno de los asuntos más importantes que cabe imaginar
para que los seres humanos aprendamos a vivir
en sociedad con la mayor plenitud posible.
Hacer las cosas bien es una
oportunidad que no podemos eludir si queremos
vivir de acuerdo a nuestra dignidad de personas.
En la Contraloría luchamos por vivir este principio
todos los días y en cada momento.
Agradezco a la Srta. Kathia
Alsina, Presidenta del Comité Local de Mayagüez,
su gentileza de hacernos esta invitación. Es
un honor estar ante el Capítulo de Mayagüez de
la Asociación de Estudiantes de Ciencias Económicas
y Empresariales para reflexionar sobre una cuestión
que es urgente para los puertorriqueños.
En estas reuniones con estudiantes
y profesores universitarios yo suelo hacer lo
siguiente: empiezo con unos planteamientos sobre
el tema; y luego abrimos este foro para tener
una conversación más amplia y libre, donde ustedes
pueden hacer sus preguntas y pedirme que clarifique
o expanda algún punto. Usualmente esa parte es
interesante, pues tenemos la oportunidad de intercambiar
ideas y me permite profundizar algún asunto que
les preocupa especialmente.
Como estudiosos de las Ciencias
Económicas y Empresariales estoy seguro que ustedes
tendrán mucha tela para cortar con estas reflexiones.
A partir de mañana pueden tener acceso al texto
de esta Conferencia en nuestra página oficial
de Internet, que es www.ocpr.gov.pr,
repito www.ocpr.gov.pr.
Un orador siempre tiene que
tomar en cuenta las características de las personas
con quien está o del auditorio a quien habla.
Si ustedes fuesen pacientes de un hospital de
psiquiatría y esta fuese la sala de esquizofrénicos,
no tendría la más remota idea sobre qué decir
de este tema, a no ser que alguno se imagine
que es el Contralor de Puerto Rico, en cuyo caso
podría darle un par de consejos. O si se trata
de una banda de ladrones, y hablara sobre la
dimensión ética del trabajo bien hecho, nadie
me prestaría la más mínima atención.
Afortunadamente, todos nosotros,
incluyéndome a mí, tenemos otras dos características,
una mental y otra moral: por el lado mental,
somos personas con cierta lucidez que nos permite
un contacto con la realidad; y por el lado moral,
con nuestras altas y bajas, somos personas con
buena voluntad y deseos de hacer el bien.
Me parece que la premisa que
voy a plantearles es correcta: a una persona
con esas características, es decir, que sea razonable
y deseosa de hacer el bien, no le es difícil
aceptar que en la vida es preferible el bien
al mal, lo correcto a lo incorrecto, lo que es
justo a la injusticia, lo adecuado a lo inadecuado. Porque ése
es el supuesto fundamental del tema que ustedes
me han pedido desarrollar.
Si a cualquiera de nosotros
nos dan a escoger entre ir a este restaurante
limpio y bien cuidado, en vez de aquél que está sucio
lleno de insectos y sabandijas; entre viajar
en un avión con un piloto sano y otro con tragos
encima; entre ser operados por un cirujano competente
y otro con cargos de impericia; no hay que ser "rocket
scientists" para hacer la selección.
Ésos pueden ser casos extremos,
pero el mensaje es claro: por regla general,
las personas racionales y sensatas prefieren
comer bien a mal, prefieren que les extirpen
su apéndice dañado en vez de su pierna que está sana,
prefieren que el mecánico les entregue el carro
bien arreglado en vez de hacerles una chapucería.
No quiero exagerar la nota negativa
ni dramatizar demasiado el asunto, pero los hechos
no engañan: ustedes pueden experimentar en su
vida cotidiana, en la calle, en los servicios
que recibimos, en la atención al cliente, quizás
en los mismos estudios escolares y universitarios. ustedes
pueden ver una tendencia a la mediocridad, una
inclinación a la vagancia y haraganería, a no
querer trabajar, a empezar algo y dejarlo a medio
hacer, a no dar mantenimiento ni renovación a
las cosas, a improvisar sin ton ni son cuando
se puede prever y planificar bien, a la indolencia
hacia cuestiones que obviamente se tienen que
arreglar, a la dejadez que conduce a tolerar
niveles de baja calidad que son inadmisibles.
Podemos seguir enumerando ese lado negativo,
pero basta con el testigo.
Si eventualmente alguno de ustedes
pone un negocio privado, o son ejecutivos de
una empresa, lo primero que necesitan hacer -además
de tener capital- es tener empleados o asociados
que sean competentes, que sean responsables y
que lleven adelante el negocio o la empresa.
El primer día que abra el negocio,
en la madrugada, lo primero que ustedes van a
decir a sus empleados o asociados se condensa
en menos de un minuto:
"señores,
vamos a acostumbrarnos a hacer
las cosas bien desde el principio,
vamos a habituarnos a trabajar
con dedicación, vamos a dar a nuestros
clientes la mejor atención, vamos
a ser honrados, y vamos a ganarnos
la confianza de la comunidad, porque
en eso nos va la vida al negocio".
Y punto. Un llamado a ser responsables
y a hacer las cosas bien hechas no es una invitación
a viajar a Saturno, no es nada del otro mundo.
Es algo normal, natural y de puro sentido común.
El valor de hacer las cosas
bien no es un capricho de ustedes ni mío,
sino un principio con repercusiones filosóficas,
espirituales y socioeconómicas, y en esos tres
términos creo debemos entender el tema de hoy.
Así que haré algunos planteamientos sobre cada
uno.
Al ser humano le conviene tener
una visión filosófica optimista y esperanzadora
de la vida. La especie humana viene gestando
un desarrollo de cientos de miles de años. La
historia humana es una gigantesca lucha para
aprender a vivir con dignidad, para actuar con
bondad, para hacernos más sabios en la búsqueda
de la verdad, y hacernos más solidarios en la
unidad entre todos. Es cierto que hay mucha maldad
y violencia en el mundo, pero hay millares de
seres humanos dignos que conocen el valor de
hacer las cosas bien hechas. Es que la humanidad
ha avanzado en sus conocimientos, en sus destrezas
y sensibilidades para ser mejores personas.
El estudiante universitario
tiene un llamado filosófico con la verdad y con
el bien, y ese llamado implica distinguir el
trigo de la paja, distinguir lo genuinamente
valioso de lo innecesario, distinguir lo importante
de lo superfluo, lo útil de lo inútil, lo verdadero
de lo falso.
Hacemos las cosas bien hechas
porque es un imperativo filosófico de la razón
y de la voluntad humana, pero hay otro motivo
superior.
También existe una dimensión
espiritual que justifica el principio
de actuar bien, de valorar lo que debe valorarse,
de comportarse con rectitud y perfección. Todas
las religiones apuntan hacia una idea fundamental,
por encima de las diferencias doctrinales. Esa
idea es que existe un orden sobrenatural, trascendente
y divino en el cual el ser humano vive inmerso,
que nos invita a responder creativa y libremente
para una mayor perfección de la vida y salvación
del género humano.
Los cristianos, igual que el
judaísmo y el islamismo, tenemos unas Escrituras
con una Palabra que nos revela y responde a las
preguntas que todos nos planteamos, preguntas
que son más grandes que nosotros: ¿para qué vivimos?, ¿qué sentido
tiene la vida?, ¿por qué tenemos que morir?, ¿por
qué el sufrimiento?, ¿por qué el odio y el mal?, ¿tiene
la historia algún sentido?, ¿cuál es el bien
del ser humano y de la sociedad?
Por medio de la razón y la fe
encontramos motivos trascendentes para acoger
la lucha humana con un sentido de esperanza y
hasta de gozo. Una esperanza y un gozo que nos
mueve a encontrar el bien, a fomentar el bien,
y hacer el bien. En Mateo 5:14 se lee "Vosotros
sois la luz del mundo". Pero nos preguntamos: ¿cómo
podemos ser luz con nuestras sombras, nuestros
pecados, nuestras caídas?
Y, sin embargo, así es. Ser
cristiano quiere decir ser luz del mundo, como
Cristo. Pues la luz no es nuestra, sino que es
suya; esa vida comunicada, esa palabra viviente,
que es Él mismo, es lo que nosotros llevamos
al mundo con nuestra vida y trabajo.
Por eso hemos sido llamados
a la perfección. Por eso es necesario que hombres
y mujeres como ustedes se preparen muy bien académicamente,
se formen muy bien profesionalmente y se comprometan
con transformar este mundo para hacerlo más humano
y digno de vivirse.
Desde esas dos perspectivas,
desde premisas espirituales y filosóficas, podemos
justificar el planteamiento de hacer las cosas
bien hechas. Pero aún nos faltan razones sociales
y económicas, que es el otro factor de nuestra
ecuación.
Todas las sociedades se organizan
para producir, distribuir y disfrutar de numerosos
bienes y servicios, que ustedes estudian en sus
cursos de economía. Esa organización requiere
normas comunes que deben ser aceptadas para mantener
la sociedad. Son normas que inciden en numerosos
aspectos de la vida en común, por ejemplo, en
cuestiones legales, morales, laborales, políticas,
gubernamentales, empresariales, familiares y
de otras formas de convivencia.
Es indispensable que los seres
humanos aprendamos a convivir bajo las múltiples
relaciones sociales en que estamos envueltos.
Ese aprendizaje, en el fondo, consiste en saber
valorar las cosas que son mejores, en hacer las
cosas bien hechas, en saber vivir con un sentido
del deber y de la responsabilidad.
Si tú aplicas esas dimensiones
filosóficas, espirituales y sociales a nuestra
vida diaria, te darás cuenta de que una manera
de percibir si las cosas se hacen bien o se
hacen mal es cuando respondemos a cuatro
preguntas claves:
- qué debo hacer
- por qué debo hacerlo
- bajo qué principios y criterios
lo haré
- y cómo debo hacerlo
Esas preguntas se aplican
a unas acciones que siempre están presentes
en el trabajo, los negocios o las profesiones,
y que son:
- identificar problemas
- tomar decisiones
- e implantar estrategias
de acción
El pan nuestro de cada día en
la vida profesional y laboral está en esas cuatro
preguntas y esas tres acciones.
Voy a compartir contigo algunas
sugerencias que he aprendido en mi carrera profesional
y de servicio público. Son siete principios generales
que sirven para analizar muchas situaciones en
nuestra vida. Desde luego, cada caso particular
requiere discernimiento.
1. Estar en lo que se
hace. Es necesario poner atención a
la actividad que estamos llevando
a cabo; y la meta por la que esa
actividad cobra sentido. Es decir: uno
tiene que preguntarse qué hago y por qué lo
hago, ya que ese por qué da sentido y valor
a la acción que realizo.
2. Comprometerse.
Hay que saber qué actitudes y compromisos
es menester desarrollar para alcanzar esas
metas y el bien que se deriva de ellas.
3. Terminar lo que se
comienza. Debemos terminar el trabajo
que comenzamos. Si quieres lograr más y
tener credibilidad, distínguete por ese
estado mental de terminar lo que comienzas,
y de estar seguro que has cumplido con
los criterios y estándares que desde un
principio te impusiste a ti mismo. Para
cualquier empresa es un valor incalculable
contar con una persona que asuma su responsabilidad,
y continúe hasta el último detalle lo que
ha emprendido.
4. Caminar la milla extra. Ningún
triunfador dice "ese no es mi trabajo,
eso no me importa, eso es suficiente". Las
personas que salen adelante en la vida han
tenido ese empuje extra de ir más allá de
lo esperado, de inventar, de contribuir con
valor agregado, de elevar el estándar de
su ejecución.
5. Buscar la excelencia.
La excelencia es una fuerza interior que
nos mueve a dar lo mejor que somos en nuestros
conocimientos, actitudes y habilidades.
La excelencia es inconforme
con la mediocridad, intolerante con la chapucería
y nos hace resistir la tendencia al menor
esfuerzo.
6. Recomenzar todos los
días. Si tienes problemas en lograr
la excelencia puede ser que hayas bajado
tus metas o tu vara de ejecución. Busca
en tu vida personal o profesional esos
lugares donde hayas dejado que las cosas
pierdan valor y fuerza. Haz enseguida cambios
para establecer tu fuerza y tus metas más
altas. Eso te ayudará a restablecer tu
propio y deseado nivel de excelencia.
7. Buscar mejores instrumentos.
Si encuentras que tus normas son altas, tu
actitud es buena y trabajas duro
pero todavía no lo logras
de la forma que te gustaría, equípate mejor.
Mejora tus habilidades con estudio, leyendo
libros, observando personas valiosas, aprendiendo
nuevas destrezas, buscando consejos de amigos.
Haz lo que sea necesario para mejorar tu
vida, en las intenciones, las acciones y
las metas que deseas.
Bien, me parece suficiente con
estas reflexiones como un punto de partida para
nuestra conversación ahora.
Para terminar, vuelvo a la imagen
bíblica tan sugestiva: sed perfectos como
vuestro Padre Celestial es Perfecto.
Sólo haciendo lo que hay que hacer, y haciéndolo
bien hecho, completamos la creación, reciprocamos
a la sociedad lo que ésta ha hecho por nosotros,
y realizamos nuestra dignidad, que es la lucha
por ser perfectos.
Muchas gracias. Pasemos ahora
a sus preguntas y comentarios.
Manuel Díaz Saldaña
Contralor de Puerto Rico
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