|
Ponencia
Nuevos Retos
para la Gestión del Estado y Su Fiscalización
Recinto Universitario de Mayagüez
Universidad de Puerto Rico
Nuevos Retos para la Gestión del Estado
y Su Fiscalización
27 de agosto de 2003
Muy buenas tardes.
Agradezco la oportunidad de dirigirme a tan
distinguida audiencia en unión al Honorable
David Walker, Contralor General de los Estados
Unidos.
El cargo de Contralor de Puerto Rico se crea
por mandato de la Sección 22 del Artículo
III de nuestra Constitución. Su función
es instrumentada por la Ley Número 9 de
1952, según enmendada, la cual crea la
Oficina del Contralor. La intención del
mandato constitucional y de la Ley es crear una
entidad independiente que fiscalice el uso de
fondos públicos en la administración
gubernamental y le informe sus hallazgos al soberano,
esto es, al pueblo de Puerto Rico. En este respecto,
como en otros, los Padres de nuestra Constitución
se adelantaron a los tiempos, ya que para 1952
diseñan un mecanismo de transparencia en la gestión gubernamental, concepto
que se habrá de desarrollar y recibir
el reconocimiento de su importancia cuatro décadas
después, durante los años noventa.
Esta idea de promover la transparencia en la
gestión gubernamental es esencial para
entender la responsabilidad, el funcionamiento
y el poder que le otorgan la Constitución
y la ley al Contralor. La lógica de la
democracia se basa en la participación
ciudadana. Los ciudadanos eligen a sus gobernantes
con la expectativa de que ellos habrán
de promover adecuadamente el bien común,
a través de la gestión gubernamental.
Periódicamente, cada cuatro años
en nuestro caso, el pueblo evalúa la gestión
de la administración gubernamental, a
través del proceso electoral, para decidir
si la gestión pública ha sido o
no satisfactoria.
Para que el proceso democrático funcione,
se necesita que la ciudadanía esté informada
acerca de la conducta y ejecutoria de sus gobernantes,
de forma que posea los elementos de juicio para
evaluarlos. La Oficina del Contralor es uno de
los instrumentos disponibles para proveer una
parte importante de esa información esencial
a la ciudadanía. Así, nuestra Oficina
audita el uso de fondos públicos, e informa
a la ciudadanía sus hallazgos y recomendaciones.
El Contralor no tiene poder legal para radicar
acusaciones en los tribunales de justicia, pues
ello resultaría en forzar interacciones
inconvenientes con otras ramas del gobierno.
El Contralor sí tiene amplios poderes
para llevar a cabo sus investigaciones e informar
los resultados al público, asegurando
la independencia de las operaciones de la Oficina
con respecto al resto del gobierno, que fiscalizamos.
Aquí conviene recordar que la misión
y las funciones de la Oficina del Contralor de
Puerto Rico no son idénticas a la del
General Accounting Office, o GAO, del gobierno
federal, aunque ambos compartimos la responsabilidad
de auditar el uso de fondos públicos.
No voy a entrar a discutir el tema de las concordancias
y divergencias que existen entre ambas entidades.
Ustedes las podrán derivar de mi presentación
y de la del Honorable David Walker, con quién
he establecido una excelente relación,
la cual me ha llevado a reconocer su indiscutible
competencia profesional y compromiso con el servicio
público.
En lo que quiero entrar en mi presentación
es en las transformaciones que han estado teniendo
lugar en la estructura y gestión del estado.
Ellas no son únicas de Puerto Rico, pero
me voy a concentrar en la Isla, ya que aquí es
mi responsabilidad. Esos cambios modifican los
procesos gubernamentales, planteando nuevos retos
a la administración pública y a
nuestra responsabilidad de fiscalizarla e informar
a la ciudadanía.
Quizás el cambio más evidente
es el tamaño mismo del gobierno. El Presupuesto
Consolidado del Gobierno del E.L.A. se triplicó entre
los años fiscales 1985 y 2004, al crecer
de casi 8 mil millones de dólares en 1985
a más de 23 mil millones de dólares
para este año fiscal 2004. Durante ese
período de 20 años, el presupuesto
de la Oficina del Contralor ha fluctuado en alrededor
de una décima del uno por ciento del Presupuesto
Consolidado, registrando ese porcentaje una leve
tendencia al crecimiento, con oscilaciones, a
partir del año fiscal 1992.
Para tener una mejor idea de la importancia
y magnitud del sector gubernamental en nuestra
economía, comparemos el presupuesto público
con el Producto Bruto de Puerto Rico en el año
fiscal 2002, el último para el cual están
disponibles las estadísticas. El Presupuesto
Consolidado ese año superó los
20 mil millones de dólares. A esa cantidad
se le ha de añadir los aproximadamente
2 mil millones de dólares que corresponden
a los presupuestos municipales. Así tenemos
que el gasto público presupuestado fue
de casi 23 mil millones de dólares en
ese año. El Producto Bruto de Puerto Rico
ascendió, a precio corriente, a aproximadamente
45 mil millones de dólares en el año
fiscal 2002, según datos preliminares
publicados por la Junta de Planificación.
Así que el gasto de las agencias e instrumentalidades
del estado correspondió al 50 por ciento
del gasto total en la economía. La mitad
de la producción disponible para uso de
los residentes en Puerto Rico se financió a
través del presupuesto gubernamental en
el 2002. Esto significa que nuestro gobierno
posee una enorme capacidad para, a través
de los fondos públicos, determinar el
nivel y la distribución del ingreso en
nuestra sociedad, al controlar, en forma directa,
la mitad de la actividad económica. Corresponde
a la Oficina del Contralor auditar el uso de
todos esos fondos públicos.
La amplia extensión del sector gubernamental,
junto a las transformaciones tecnológicas
que han estado ocurriendo a partir de los años
setenta y las nuevas teorías o tendencias
en la administración pública, han
resultado en transformaciones en la gestión
gubernamental. Ello tiene el efecto de modificar
las relaciones cotidianas entre la ciudadanía
y su gobierno, así como poner nuevas presiones
a la responsabilidad de fiscalizar el uso de
los fondos públicos.
Una de esas modificaciones es la descentralización
en la administración gubernamental. El
argumento aquí es que una agencia central
se encuentra alejada de las comunidades locales,
en las que ejecuta sus obras. Por eso es que
le resulta difícil, sino imposible, conocer
las necesidades locales y aún ponderar
adecuadamente las consecuencias de sus acciones
sobre las diversas comunidades, que no solamente
están geográficamente dispersas,
sino que son disímiles entre sí y
heterogéneas en sus composiciones internas.
La teoría de la descentralización
es que, al transferir decisiones del centro a
las localidades, se promueve la eficiencia, pues
ellas podrán basarse en el conocimiento
de las verdaderas necesidades de la población
afectada por sus decisiones.
La lógica del argumento ha dado lugar
a importantes medidas legislativas, como las
de Reforma Municipal y de escuelas de la comunidad,
que transfieren competencias o actividades del
gobierno central a unidades decisionales más
cercanas a la población afectada. Ello
también significa que aumenta el número
de unidades tomando decisiones y asignando recursos
o fondos públicos. Un resultado es que
la fiscalización sea más compleja.
Pero hay otro problema. Es frecuente que no
todas las unidades, a las que se les transfieren
competencias y funciones, dispongan del personal
con las destrezas técnicas para administrar
adecuadamente los fondos públicos bajo
su responsabilidad. Los fondos públicos
pertenecen al pueblo de Puerto Rico. Por ello
es necesario que su disposición sea transparente,
y de acuerdo a las leyes y procedimientos, para
que su dueño, el pueblo, sepa que se usan
bien. Sin embargo, muchas de esas personas, a
quienes se les han asignado esas nuevas responsabilidades,
desconocen los procedimientos reglamentarios,
lo que las lleva a incurrir en errores, que son
faltas administrativas. Es esencial reconocer
esta situación para prevenirla. Ésta
es una de las razones por las que en la Oficina
del Contralor le estamos dando un énfasis
creciente a la prevención. Producimos
diversos manuales, folletos y boletines, además
de organizar seminarios y adiestramientos, para
capacitar a funcionarios gubernamentales en el
correcto uso de los fondos públicos. Éste
es un esfuerzo al que le damos gran importancia,
pero sabemos que lo que podemos hacer no es suficiente.
Se necesita mayor colaboración de otras
instituciones sociales, en particular de las
universidades, para establecer una red efectiva
de actividades de prevención de conducta
impropia en el uso de fondos públicos. Éste
es un tema al que regresaré más
adelante.
La magnitud del presupuesto gubernamental, su
tamaño y complejidad, crea oportunidades
para que algunos individuos traten de usar fondos
públicos para su beneficio personal. Esa
situación se agrava por la erosión
en los valores morales que padecemos en nuestra
sociedad. Es terrible el número de asesinatos
que sufrimos anualmente, donde el total de muertes
violentas en Puerto Rico supera a las sufridas
por las fuerzas armadas de la coalición
en la Guerra en Iraq. Más terrible es
que casi la totalidad de esas muertes se deban
a dos causas: las drogas y la violencia doméstica.
Situaciones ambas que manifiestan una pérdida
de valores esenciales y un total menosprecio
a la dignidad de la persona humana, pues quienes
realizan esas actividades no respetan la dignidad
del prójimo, ni la propia. Al erosionarse
los valores morales de la sociedad, dejan de
funcionar importantes frenos, que antes controlaban
la corrupción y la conducta impropia en
el uso de fondos públicos. Es esencial
que el sistema educativo, incluídas las
universidades, intensifique sus esfuerzos para
fortalecer el desarrollo y la formación
de valores morales en nuestra sociedad.
El problema se torna más complejo, pues
se han ido deteriorando los incentivos para el
servicio público. En el pasado, un trabajo
en el gobierno era más que un empleo.
Era una carrera en el servicio público,
con una dignidad que se reconocía socialmente.
La aspiración de muchos estudiantes universitarios
era entrar al servicio público después
de su graduación. Ese orgullo y prestigio
de ser servidor público se ha ido deteriorando
en la sociedad, lo que dificulta el reclutamiento
y la retención en el gobierno. Las razones
para esta transformación son varias, pero
lo esencial es reconocer que son los servidores
públicos de carrera quienes principalmente
administran la “cosa pública”,
esto es, el patrimonio de todos. Para ello, se
requiere dedicación, competencia, honestidad
y compromiso. El respeto y la compensación
a los empleados públicos deben guardar
relación con la gran responsabilidad que
envuelven sus funciones.
Otros factores que inciden y transforman la
gestión pública son las revoluciones
tecnológicas, gestadas a partir de los
años setenta, en particular, las ocurridas
en los campos de la informática y las
telecomunicaciones. Esos cambios tecnológicos
han promovido aumentos en la productividad, transformando
los procesos productivos. Uno de sus beneficios
particulares es que facilitan la comunicación
y la transparencia en la gestión gubernamental.
Por ejemplo, cualquier persona puede accesar
el portal de nuestra Oficina en la Internet,
www.ocpr.gov.pr, y adquirir información
acerca de los contratos gubernamentales. De esa
manera, todo ciudadano tiene la capacidad para
conocer y evaluar ese uso de fondos públicos.
Pero no todo es positivo. La gran cantidad de
información disponible puede ser abrumadora,
ya que se producen y divulgan tanto datos importantes
como irrelevantes, lo que obliga a las personas
a desarrollar instrumentos o criterios ad hoc
para cernir la información útil
de la que no lo es, lo cual conlleva costos y
esfuerzos; además, de que plantea un riesgo
para la confusión y el error.
Otras nuevas tendencias en la administración
del estado, que se difunden a partir de los años
ochenta, son las de la privatización y
la contratación de proyectos y servicios,
o outsourcing, a empresas privadas. La lógica
para justificar y promover este tipo de cambio
es que la empresa privada suele ser más
eficiente que el gobierno en la ejecución
de ciertas tareas y actividades. Ello lleva a
que tengan lugar modificaciones en los procesos
de provisión de servicios gubernamentales,
cuyas consecuencias debemos considerar, aunque
sea brevemente.
Bajo los esquemas de privatización y
de contratación externa de proyectos y
servicios, el gobierno mantiene su responsabilidad
de proveer o garantizar el acceso de la población
a esos servicios públicos. El financiamiento
de las actividades privatizadas o contratadas
suele continuar siendo a través del presupuesto
o de mecanismos autorizados y garantizados por
el estado, pero la producción del servicio
ocurre a cargo de empresas privadas. Ello resulta
en un maridaje entre dos tipos diferentes de
instituciones, con propósitos y modos
de operación diferenciados. De hecho,
esas diferencias son las que permiten los beneficios
esperados en eficiencia, pero ellas también
provocan dificultades particulares que se han
de enfrentar y resolver para lograr, tanto la
eficiencia deseada, como la transparencia y uso
apropiado de fondos públicos.
Es importante percatarse de que el gobierno
y las empresas tienen objetivos y siguen procesos
que son diferentes. El objetivo de toda empresa
es maximizar sus ganancias. Ellas son perfectamente
cuantificables y la ejecutoria de la administración
de la empresa se evalúa a base de lo que
suceda con las ganancias obtenidas. Los procesos
dentro de la empresa se diseñan con ese
fin: lograr la mayor ganancia posible, que sea
consistente con las condiciones y restricciones
que enfrente la empresa.
Por su parte, el propósito de un buen
gobierno es el bien común. Tal objetivo
no se puede medir directamente, a la vez que
se compone de muchos elementos diferentes para
los cuales pueden existir legítimas diferencias
de criterio entre los ciudadanos en cuanto a
la importancia o ponderación que se le
debe asignar a cada elemento o aún en
cuanto a si un elemento en particular promueve
o entorpece el bien común. Resulta entonces
que, en el sector público, no se tiene
un solo objetivo general cuantificable, sino
una multiplicidad de objetivos particulares los
cuales se deben satisfacer simultáneamente
y de acuerdo a una estructura de factores de
ponderación, que no está objetivamente
identificada. Más aún, en el sector
público, los procesos no son meros instrumentos
que se utilizan para alcanzar objetivos, sino
que, en muchos casos, son fines por sí mismos,
de ahí la preocupación y frecuente
demanda ciudadana para que el gobierno siga el
debido proceso.
Quizás convenga aclarar con un ejemplo
lo que acabo de expresar. Supongamos que un desarrollador
privado está considerando construir un
complejo de viviendas. Ese empresario analiza
el mercado para identificar características
y precios de las viviendas, de esa manera define
los parámetros adecuados para el proyecto
y estima el ingreso esperado. También,
calcula y evalúa los gastos asociados
a la planificación, diseño, construcción,
financiamiento y venta del proyecto. Si los ingresos
esperados exceden, por un margen que considere
adecuado los gastos estimados para el proyecto,
entonces, el empresario lo llevará a cabo,
en otro caso no lo habrá de realizar.
Veamos ahora cómo sería la situación
cuando un buen gobierno es el que piensa desarrollar
un proyecto de viviendas. Este gobierno, además
de tomar en consideración todos los gastos
que evalúa un desarrollador privado, ha
de considerar, entre otros elementos, los siguientes:
1. ¿Cuál es el mejor uso social
para los terrenos donde se ha de construir el
proyecto de viviendas?
2. ¿Cómo afecta el proyecto la
equidad o justicia social por este desarrollo?
3. ¿Cómo ha de ser la selección
de los futuros residentes del proyecto?
4. ¿Cómo se afecta la comunidad
existente por el propuesto desarrollo de viviendas?
Consideremos, por un momento, estos elementos
de juicio para la decisión pública,
para tratar de entender mejor algunas diferencias
entre gobierno y empresa privada.
En cuanto al uso social para los terrenos donde
se ha de construir el proyecto de viviendas,
debemos tomar en cuenta que un desarrollador
privado de viviendas construye casas y así es
como se gana la vida. Él nunca se planteará la
pregunta de cuál es el mejor uso social
de los terrenos que dispone para su proyecto.
Por otra parte, la función del estado
es administrar la “cosa pública” para
el bien común, no especializarse en construir
casas. Así que es responsabilidad del
estado considerar los usos alternos de los terrenos – comercial,
industrial, agrícola, recreativo, institucional
o reserva natural – junto con la evaluación
de su uso residencial. Al reconocer esto, ha
de adoptar una perspectiva que trasciende en
tiempo a la construcción de las viviendas.
Esa perspectiva de la “cosa pública” resulta
en que las partes envueltas, cuyos intereses
se han de tomar en cuenta, abarcan a muchas más
personas que a los potenciales residentes futuros
del proyecto de viviendas, quienes serían
los únicos individuos que el desarrollador
privado tomaría en consideración
al hacer su decisión acerca de construir
o no el proyecto.
Pasemos ahora al segundo elemento, el referente
a la equidad. Un estado democrático viable
requiere estabilidad social, la cual es improbable
si no existe un grado mínimo de equidad
o justicia en la sociedad. Cualquier reasignación
sustantiva de recursos modifica la distribución
del ingreso y, por ende, la equidad en la sociedad.
Cuando el gobierno del estado va a evaluar cualquier
proyecto de inversión pública,
ha de tomar en consideración la distribución
de los beneficios y los costos del proyecto en
la sociedad, esto es, sus efectos sobre la equidad. Ésta
es otra consideración que un desarrollador
privado no toma en cuenta, lo que nos lleva al
próximo elemento o diferencia la selección
de los futuros residentes.
En el caso de un proyecto privado de viviendas,
los futuros residentes se seleccionan a sí mismos
al comprar las viviendas. El criterio es que
tengan la capacidad de pago y el interés.
Si el empresario encuentra que la demanda por
las viviendas es mayor o menor a la anticipada,
entonces, ajustará el precio de venta
en forma correspondiente. Un gobierno no puede
recurrir a ese mecanismo de precios para asignar
la vivienda pública, sino que tiene que
adoptar algún procedimiento equitativo
para seleccionar a los futuros residentes. Aquí,
de nuevo, el procedimiento no es tan solo un
medio, sino que también es un fin por
sí mismo.
En cuanto al último elemento, los efectos
sobre la comunidad existente, ocurre que cualquier
nuevo desarrollo de viviendas modifica las condiciones
que existen en una comunidad. Se afectan los
patrones y condiciones del tránsito vehicular,
incluyendo la disponibilidad de espacios de estacionamiento,
aumenta la demanda por servicios públicos,
como: recogido de basura, protección policiaca,
etc. Ninguno de esos aspectos es un asunto relevante
para un desarrollador privado, pues su relación
con el proyecto esencialmente termina con la
venta. Pero la relación del estado es
permanente y perpetua, así que debe tomar
en consideración las consecuencias prospectivas
del mismo.
Esta lista de diferencias, entre los sectores
gubernamental y privado al evaluar un proyecto,
no es completa. Pero mi intención no es
abrumarlos con una lista exhaustiva, sino ilustrar
el punto de que esas diferencias son sustantivas.
Las divergencias en objetivos y procedimientos
entre ambos sectores, resultan en que tengan
culturas organizacionales diferentes. Varían
en sus perspectivas, interpretaciones, la información
que generan y hasta en los juicios valorativos.
Por ejemplo, recordemos que un pago a un empleado
que se considere una legítima comisión
o una propina en el sector privado, sería
un soborno en el gobierno, sujeto a sanciones
legales y el oprobio público.
Un importante reto de la privatización
y de la contratación de proyectos y servicios
a la empresa privada es, precisamente, cómo
armonizar estas dos culturas organizacionales
en la ejecución de un proyecto colectivo.
No es cambiar organizaciones, pues cada una de
ellas tiene que responder a objetivos y procesos
diferentes. El asunto es cómo promover
que se logre la eficiencia operacional en el
proyecto, a la vez que se mantienen los objetivos
colectivos de promoción del bien común.
Éste es un tema que requiere análisis
e investigación seria e imparcial. Tanto
el gobierno como la empresa privada son partes
interesadas en el asunto, por lo que no le corresponde
a ninguno de ellos realizar tal análisis.
Las universidades están en una posición
de privilegio para aportar análisis e
información valiosa, que se debe aprovechar,
asignándosele la prioridad que merece
el tema.
La literatura profesional y académica
sobre el tema de la privatización es amplia,
pero pasa por alto aspectos esenciales. Son numerosos
los trabajos publicados acerca de los beneficios
teóricos de la privatización, así como
aquellos que tratan de establecer criterios teóricos
para determinar qué actividades privatizar
y cuáles no. También, son numerosas
las publicaciones que describen experiencias
de éxitos o de fracasos de proyectos o
actividades privatizadas. Sin embargo, no es
tan frecuente el análisis acerca de cuál
es la estructura óptima de incentivos
y penalidades que debe incluir el contrato de
privatización, para promover que se logren
los objetivos sociales, incluyendo la ejecución
eficiente de las actividades, el uso apropiado
de los fondos públicos y la generación
de información suficiente, adecuada y
veraz para monitorear y fiscalizar las operaciones
de la operación privatizada.
Resulta que es limitada la investigación
realizada acerca de la estructura óptima
de incentivos y penalidades para un contrato
de privatización. Pero más escasa
es la literatura acerca de cómo cambia
esa estructura óptima con variaciones
en las características tecnológicas
de la actividad privatizada. No es lo mismo privatizar
la administración de un servicio de alcantarillados,
que privatizar un hospital. Son diferentes las
condiciones y características de quienes
demandan esos servicios. También, difieren
los modos de producción entre ellas. Por
lo que la estructura de incentivos y la información
que se debe producir para evaluar la ejecutoria
de esas actividades debe ser diferente entre
ellas.
La inteligencia y el conocimiento de que disponen
las universidades podrían hacer una gran
aportación al respecto. Para ello se requiere
un compromiso de la comunidad universitaria con
el análisis serio y profundo del tema,
así como una voluntad para asumir un papel
de liderato en la transformación social.
Estoy consciente que, al presente, se realiza
investigación seria y valiosa en las universidades,
pero, a mi juicio, no la suficiente en este campo
de las transformaciones en la gestión
del estado, incluyendo su dirección y
consecuencias.
Es que la sociedad está en un proceso
de transición, en cuanto al rol del estado
frente a las nuevas condiciones tecnológicas,
económicas, sociales, culturales y aún
demográficas, que se están configurando.
Las condiciones fuerzan a que se transformen
los campos de acción para la gestión
del estado. Ello resulta en que muchos viejos
paradigmas pierdan validez, pero no hemos desarrollado
nuevos que los sustituyan. Tal situación
lleva a que se tomen decisiones basadas en opiniones,
en lugar de estar fundamentadas en el rigor de
la información y el análisis, que
no se ha efectuado. Como una opinión es
tan buena o tan mala como cualquier otra, gastamos
gran cantidad de esfuerzo y tiempo en discusiones
poco provechosas.
En la Oficina del Contralor de Puerto Rico tratamos
de aportar en la identificación de esos
incentivos y controles, pues ello es imprescindible
para cumplir con nuestro mandato constitucional
de velar por el buen uso de los fondos públicos.
Por ejemplo, cuando se discutió, en 1998,
el P. de la C. 1428, referente a la privatización
de la administración de la Autoridad de
Acueductos y Alcantarillados, nuestra Oficina
sometió catorce recomendaciones a la Legislatura,
todas las cuales fueron adoptadas por la Ley
Número 328 del 28 de diciembre de 1998.
También, en el año 2002, cuando
se discutió el P. de la C. 2773, sobre
el mismo asunto de la AAA, en este caso para
la privatización a la compañía
Ondeo, nuestra Oficina sometió diecinueve
recomendaciones a la Legislatura, de las cuales
se adoptaron 7, o el 37 %, de ellas en la Ley
Número 95 del 30 de junio de 2002. En
ambas ocasiones, nuestra intención fue
proponer salvaguardas, esto es, incentivos y
penalidades, para promover la eficiencia operacional
y el uso apropiado de fondos públicos.
Sin embargo, sabemos que nuestros esfuerzos
no son suficientes ni estamos en posición
para aportar ese cuerpo de análisis teórico-formal
que se requiere para el desarrollo de esos nuevos
paradigmas para la gestión del estado.
La función primordial de nuestra Oficina,
como indicamos, es fiscalizar, velar que los
fondos públicos se utilicen en la forma
apropiada. En el desempeño de nuestras
responsabilidades, adquirimos experiencia, que
es conocimiento útil, pero no es el cuerpo
teórico, formal e integrado, para el entendimiento
de la gestión del estado bajo las nuevas
condiciones que la configuran. Para ello se necesita
del esfuerzo de la investigación académica
formal.
Antes de continuar, he de reconocer que mi relación
con las universidades ha sido provechosa. Cuando
me nombraron a este puesto visité a las
universidades solicitando que aportaran investigaciones
básicas para orientar la función
fiscalizadora y recibí apoyo. La Oficina
también recurre con frecuencia a profesores
universitarios solicitando asistencia y asesoramiento
tanto para mí como para los auditores.
La experiencia ha sido muy útil, fortaleciendo
nuestras capacidades analíticas y fiscalizadoras.
Sin embargo, con cierta frecuencia sucede que
al formular alguna pregunta a estos asesores,
su respuesta sincera es que el asunto preguntado
no está resuelto y requiere mayor investigación
formal. Agradezco esa sinceridad, pues evita
que informes que emitimos incluyan señalamientos
de controversial veracidad, lo que sería
perjudicial para el buen nombre de los funcionarios
señalados, además de que perjudicaría
la credibilidad y transparencia de nuestra Oficina.
Resumiendo, es evidente que los parámetros
y criterios que definen la gestión del
estado están en un proceso de transición.
Ello resulta en cambios en lo que hace el estado
y en cómo lo hace. Muchos de esos cambios
han ocurrido en respuesta inmediata a nuevas
condiciones socioeconómicas, sin haber
desarrollado un cuerpo teórico formal
de conocimientos, para guiar esa transformación
e identificar sus consecuencias esperadas. Esas
transformaciones plantean nuevas situaciones,
que representan los retos que hemos estado identificando.
La forma efectiva de enfrentarlos con éxito
es desarrollando conocimiento que permita anticipar
y prevenir problemas.
Tradicionalmente las universidades han sido
el lugar por excelencia para desarrollar y transmitir
nuevos conocimientos. Están en una posición
de privilegio para ello. Son comunidades de personas
con las más altas cualificaciones técnicas,
están fortalecidas por el dinamismo y
la curiosidad intelectual de la juventud, a la
vez de que están aisladas de presiones
e intereses creados.
Por otra parte, el gobierno democrático
del estado requiere de una administración
pública transparente, honesta, justa y
eficiente de manera que la ciudadanía
pueda depositar su confianza en las instituciones
gubernamentales. Es necesario asegurar que se
dispone del conocimiento y las destrezas para
ello. Un reto para las universidades es desarrollar
ese conocimiento y las personas con las destrezas
para identificar y prevenir el fraude en la gestión
pública.
Muchas gracias,
Manuel Díaz Saldaña
Contralor
Regresar
al Indice de Conferencias
PO Box 366069, San Juan, Puerto Rico 00936-6069
Avenida Ponce de León 105 Esquina Pepe Díaz
Hato Rey, Puerto Rico 00919
Tel. (787)754-3030/Fax (787)751-6768
E-mail: ocpr.gov.pr
Internet: http://www.ocpr.gov.pr
|
 |
|