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Mensaje
Primera Entrega Reconocimientos
a los Recintos de la Universidad de Puerto
Rico
4 de abril del 2003
Muy buenas tardes a todos. Me uno a los saludos
protocolares expresados. Quiero de mi parte
agradecer a los Presidentes de la Junta y de
la Universidad, a los distinguidos Rectores,
y otros miembros de la comunidad universitaria,
por su presencia en este acto. Habida cuenta
que estamos en el corazón del liderazgo
universitario, y entre estudiosos del saber,
permítanme hacerles los siguientes planteamientos:
= Primero, desde mi punto de vista, creo que
hay tres capacidades humanas fundamentales:
la capacidad de aprender, de decidir y de actuar.
= Segundo, en el mundo moderno las actividades
más relevantes del ser humano se elaboran
a través de organizaciones e instituciones
sociales.
= Tercero, en la sociedad actual, junto a
la propiedad, el capital y el trabajo, el factor
conocimiento acrecienta cada vez más
su valor social y económico.
= Y cuarto, las instituciones educativas -en
general- y las universitarias -en particular-
juegan un papel preponderante en enseñar
y aplicar esas capacidades de aprender, decidir
y actuar.
Mi mensaje a ustedes consiste en relacionar
esos cuatro planteamientos en sus implicaciones
para la administración pública
puertorriqueña.
Aunque no son ideas nuevas, insisto en ellas
por su importancia en este acto de Reconocimiento
donde la Universidad de Puerto Rico y la Oficina
del Contralor estrechan sus vínculos
de colaboración, entendimiento y voluntad
común. Colaboración, porque entre
nosotros existen muchos intereses por el bien
de Puerto Rico. Entendimiento, para tener referentes
conceptuales comunes sobre las normas aplicables
a una sana administración pública.
Y voluntad común, para poder actuar
en forma solidaria.
Así las cosas, la Universidad de Puerto
Rico y la Oficina del Contralor, en forma unida,
demuestran al país que la buena administración
de las instituciones, tanto públicas
como privadas, no es un ideal quimérico,
sino una realidad que se puede hacer operativa
y visible. Brevemente, elaboro estas ideas.
La construcción del mundo es producto
de diferentes prácticas económicas,
políticas, científicas, tecnológicas,
educativas y culturales; estas prácticas,
mayormente acontecen por medio de organizaciones
e instituciones sociales, y no de acciones
individuales y solitarias; así mismo,
esas prácticas resultan de las capacidades
de aprender, de decidir y de actuar.
Si esto es así, entonces, para nosotros
es importante pensar cómo esas capacidades
se incorporan, interiorizan, y aplican en aquellas
instituciones cuya finalidad, precisamente,
es enseñar y desarrollar conocimientos
relevantes al ser humano y útiles a
la vida social. Por más vueltas que
demos al asunto, es legítimo preguntar
a los sistemas educativos, desde la escuela
primaria hasta el postgrado, sobre qué saberes
aprenden sus integrantes; sobre qué decisiones
se toman y cuáles criterios las rigen;
y sobre las acciones que constituyen su identidad
colectiva.
Nuestra tesis es que las universidades son
las instituciones sociales mejor capacitadas
para la ejecución efectiva de esas grandes
tareas de aprender, decidir y actuar que se
traducen en el desarrollo intelectual, profesional
y ético de sus egresados. En consecuencia,
proponemos tres afirmaciones sobre la universidad:
1.Una, en la universidad es donde mejor
se definen, enseñan y difunden los aprendizajes
de mayor importancia para la vida económica,
cultural, política y social de un
pueblo.
2. Dos, en la universidad es donde se deben
tomar decisiones colegiales con un nivel sofisticado
de racionalidad producto del nivel formativo
de sus integrantes.
3. Y tres, en la universidad es donde se esperan
actuaciones que correspondan a los conocimientos
organizacionales que circulan entre los miembros
de la propia comunidad universitaria.
Me pueden reprochar que dibujo un cuadro romántico
de la realidad universitaria. Acepto ese reproche,
pero tengo una explicación: en estos
tiempos donde ocasionalmente sentimos bajar
el voltaje de la inteligencia colectiva, los
universitarios sólo tienen una opción
razonable, que es mantener viva la utopía.
No conviene descalificar esa utopía,
porque han sido los universitarios, durante
muchos siglos, quienes han mantenido la lucidez
intelectual de denunciar lo que no debe
ser,
y han sabido sostener, con valentía,
los ideales de lo que debe ser una humanidad
transformada.
Ese gran papel histórico ahora se acrecienta,
en una época donde el conocimiento tiene
un valor socioeconómico y cultural sin
precedentes. Es indudable que los universitarios
ocupan un papel estratégico y privilegiado,
porque son la única institución
social que se ha especializado, durante casi
un milenio, en la tarea paciente y laboriosa
de producir, organizar y comunicar conocimientos.
Pero se enfrentan a un problema grande, el
problema que podemos llamar del RAC, un problema
que retrasa a cualquier sociedad en sus intentos
de desarrollo; el "R-A-C" es el Rechazo a
la Aplicación del Conocimiento. A
primera vista puede no ser obvio en Puerto
Rico, pues tenemos la apariencia de una sociedad
moderna, con tecnologías de punta, una
economía relativamente próspera,
unas clases profesionales bien preparadas y
unos sistemas educativos que parecen avanzados.
Sin embargo, analizando a fondo la cuestión,
podemos identificar una resistencia o rechazo
a la aplicación racional, metódica
y científica de muchos conocimientos
que teóricamente poseemos y que públicamente
expresamos como parte de nuestro capital intelectual,
técnico y científico.
Aunque parezca desconcertante a la altura
del Siglo 21, hay que admitir que el Rechazo
a la Aplicación del Conocimiento se
observa particularmente en la administración
pública. Cualquier estudiante que curse
estudios graduados en los recintos puede hacer
una investigación de campo y encontrar
entidades públicas que carecen de sistemas
tecnológicos apropiados; que no tienen,
o no aplican sistemas de planificación
estratégica; que no funcionan según
criterios y estándares evaluativos;
que no aplican indicadores de eficiencia ni
verifican los resultados que obtienen a la
luz de sus prioridades y metas; que operan
sus finanzas como si fuesen propietarios privados
de una finca con riquezas ilimitadas en un
universo de abundancia plena; que ignoran las
necesidades de adiestramiento de su gente y
no prestan atención a la formación
profesional continua; que manejan la gerencia
y la administración con una arbitrariedad
asombrosa, con una discrecionalidad descontrolada
y una indiferencia a las normas más
elementales de sana administración;
y paro aquí, porque me paso la tarde
entera multiplicando ejemplos.
Por esas razones, desde que empezamos en la
Contraloría, tomamos la iniciativa de
emprender una campaña masiva e intensa
de prevención y educación que
tiene tres componentes principales: Excelencia
en la Administración Pública;
Cero Tolerancia a la Corrupción; y Desarrollo
Profesional del Servidor Público.
Empezamos con los Municipios orientándolos
en la aplicación metódica de
unos criterios que les permiten focalizar áreas
específicas para mejorar su administración.
Nada esotérico hay en eso. Es la simple
y llana aplicación de conocimientos
básicos. Hemos tenido muy buenos resultados
con los esfuerzos de prevención, pero
sin bajar la guardia en la fiscalización.
De igual forma, en otras entidades gubernamentales,
que incluyen a los Recintos Universitarios,
hemos utilizado la experiencia y conocimientos
acumulados por un poco más de cincuenta
años en la Oficina del Contralor, para
apoyarlos en su gestión continua por
la eficacia y la eficiencia administrativa.
Puerto Rico necesita a los docentes, investigadores
y administradores universitarios que están
en la vanguardia intelectual, científica
y profesional del país. Los necesitamos
para enseñar a miles de futuros empresarios,
profesionales y servidores públicos
cómo se deben administrar y dirigir
las instituciones sociales, haciéndolo
con eficacia gerencial y con integridad ética,
que no son dimensiones reñidas. La aportación
de disciplinas como planificación, gerencia,
administración, economía, contabilidad,
finanzas, ética pública, entre
tantas, deben ser enseñadas con claridad
y practicadas con eficacia. En ese sentido,
estamos seguros que los criterios que hemos
propuesto son una herramienta que ayuda a la
Junta de Síndicos, a la Presidencia,
a los Rectores, a los Decanos y Directivos
de distintas oficinas, a trabajar con mayor
aprovechamiento de sus recursos y obtener mejores
resultados. El hecho mismo de que ustedes estén
participando en esta actividad añade
valor a la responsabilidad tan importante que
tiene la Universidad de Puerto Rico con la
administración pública de nuestro
país.
Por todas esas razones, hoy nos sentimos muy
contentos de que la Universidad de Puerto Rico
acoja con beneplácito este esfuerzo
de impulsar la excelencia administrativa a
lo largo y ancho de la esfera pública.
Cuenten con nosotros en la Contraloría
para colaborar en pos de esa utopía
realizable que es convertir la Administración
Pública de Puerto Rico en un modelo
de categoría mundial. Aprovecho la ocasión
para felicitarles en el Centenario de nuestra
Universidad de Puerto Rico.
Muchas gracias.
Manuel Díaz Saldaña
Contralor de Puerto Rico
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