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Héroes Anónimos

Publicado por el Periódico El Nuevo Día
Sección Perspectiva, página número 129
viernes, 16 de febrero de 2001

Manuel Díaz Saldaña
Contralor de Puerto Rico

EL SERVICIO público es una de las profesiones más importantes para un país. De su trabajo depende el funcionamiento del gobierno y la credibilidad de las instituciones democráticas que lo sostienen.

De su desempeño depende la solución o atención a las numerosas necesidades y los exigentes problemas de la ciudadanía. A pesar de su importancia social, al servidor público puertorriqueño no se le aprecia o valora en el grado que merece. Incluso, hasta existe una imagen generalizada de dejadez o ineficiencia. ¿Esa percepción negativa refleja al servidor público puertorriqueño?

Sabemos que es una imagen incorrecta. En nuestra experiencia, la mayoría de los funcionarios se esmeran por servir con excelencia a su pueblo. Esa imagen negativa es injusta. Ocurre lo del refrán: "Pagan justos por pecadores". Como a nadie le gusta pagar lo que no debe, ¿debe pagar el servidor público el alto precio del descrédito? De nuevo, conviene traer a la discusión pública la importancia de este profesional de carrera y la necesidad de atender sus reclamos.

En Puerto Rico existen más de doscientos mil mujeres y hombres con la responsabilidad de administrar los bienes públicos del país y dar los servicios que la ciudadanía espera. Son gente honrada y trabajadora. El pueblo les debe respeto y justicia. En cierto modo, no exageramos al llamarles "héroes". A propósito, me contaron de una maestra de escuela primaria que al iniciar el curso pide a sus estudiantes un escrito sobre "Quiénes son mis héroes en Puerto Rico". Supongo que su intención es que los alumnos identifiquen las características de sus héroes y piensen críticamente por qué los admiran. Esa asignación se aplica a toda la sociedad. ¿Quiénes son nuestros héroes en Puerto Rico?

Hay personas que el pueblo admira con grandes ovaciones. Tienen fanáticos que llenan los estadios y corren al aeropuerto a recibirlos. A otros nos emocionan los triunfos de nuestros deportistas y jugadores que ganan fama mundial, colocando la bandera puertorriqueña en alto. O nuestros músicos, artistas, literatos, científicos, que logran prestigio internacional. Han sido tenaces en desarrollar ciertas habilidades de fortaleza física u otros talentos que les han dado fama o dinero, o ambos. Y se han convertido en héroes del pueblo.

Desde luego, cada sociedad engendra sus héroes a su imagen y semejanza. Para que aparezca un héroe, se requiere que existan unos valores reconocidos y comunes. Sin valores, no hay héroes. Sin valores compartidos no pueden existir personajes que nos den ejemplificación heroica. En los héroes se encarnan las virtudes que más idealizamos como pueblo. ¿Qué valores podemos y debemos idealizar en nuestra sociedad?

Existen otras cualidades valiosas que merecen nuestro aprecio. El trabajo, por ejemplo. La dignidad del trabajo. También vale mucho el trabajo cotidiano, sacrificado, que realizan miles de mujeres y hombres para atender las necesidades y derechos del pueblo. Es sabido que las instituciones públicas de Puerto Rico gozan de respeto en América Latina, el Caribe y el resto del mundo. ¿A quién se debe? Al compromiso de nuestros servidores públicos. Nuestro pueblo les ha confiado la misión delicada y elevada de administrar y custodiar los bienes públicos. Y lo hacen ejemplarmente.

Es cierto que hay ineptos, sin tacto y propensos a la fechoría, incluyendo personal de confianza y políticos electos. Pero son una exigua minoría. A ésos no les damos respiro ni tregua en la Contraloría. El pueblo lo sabe. A nuestros auditores no les tiembla la mano a la hora de investigar y fiscalizar el uso y derogación de fondos públicos. Es nuestro mandato constitucional. Tampoco nos detienen las críticas ante nuestro celo preventivo. Que también es una obligación moral. El ejercicio de virtudes cívicas en todo funcionario -su responsabilidad de anticipar problemas, de prevenir corrupción, de fomentar conciencia ética, de educar, para dar pocos ejemplos- es una práctica inscrita en el deber del trabajo. Ninguna letra de ley contiene todo su espíritu. Es imposible convertir todo imperativo moral en ley: eso es totalitarismo.

Desde la Contraloría nos relacionamos continuamente con cientos de servidores públicos que son orgullo de Puerto Rico. Su heroísmo consiste en consagrar su trabajo al bienestar del pueblo. Al servicio de los demás. Un trabajo hecho con buena voluntad. Aunque sea rutinario, sin oropeles, ni fuegos artificiales, ni salgan en primeras planas.

Pero hay problemas que se deben corregir. Quienes tratan de realizar su labor desde el compromiso y la buena voluntad, se van viendo relegados a una creciente marginación social desmotivados por pocos incentivos y escaso reconocimiento. Todavía nuestros servidores públicos, en algunos casos, trabajan bajo condiciones difíciles: sistemas atrasados, mecanismos obsoletos, recursos inadecuados, procedimientos lentos, tranques burocráticos, reglamentos inoperantes, tecnologías anticuadas, falta de adiestramientos, etcétera. Sobre estos factores apenas pueden decidir. Pero falta lo peor: están muy mal remunerados.

Recordemos que el servidor público tiene una exigencia muy grande: su juramento ético. A diferencia de empresarios privados, contratistas y otros ciudadanos que pueden servir como consultores del Gobierno, el servidor público se somete explícitamente a los códigos de ética de la Administración Pública puertorriqueña. Es un acto público que le obliga, ante el país, a regirse por estándares altos. De ahí el peso de su responsabilidad y la transparencia en sus ejecutorias. El servidor público no puede escapar al duro escrutinio de, y las sospechas sobre, los conflictos de intereses, las transacciones secretas, las agendas ocultas, la doblez y otros mecanismos de enmascaramiento.

Es necesario facilitar al servidor público los recursos para desempeñarse con el mayor sentido profesional. Un gobierno eficiente aplica principios de buena administración que añade valor a la gestión gubernamental.

Que todos sus procesos y sistemas sean de calidad: gerencia financiera, tecnologías de información, estadísticas, auditorías, recursos humanos, adiestramientos continuos, entre muchos. Con legislación y reglamentos pertinentes a las necesidades de la época. Con planificación estratégica cuyos objetivos sean viables y verificables. La ciudadanía tiene el derecho a que sus justos reclamos sean atendidos con prontitud y eficiencia. Hay que proveerle a nuestros servidores públicos las condiciones para rendir su trabajo con esa eficiencia esperada.

La historia de un grupo humano es su memoria colectiva y cumple la misma función que la memoria personal en un individuo: darle un sentido de identidad y de continuidad en el tiempo. El servidor público conserva la memoria histórica del gobierno. Es un patrimonio intelectual público de valor incalculable. Escuchemos las voces de nuestros funcionarios que llevan muchos años en el servicio público. Tienen un tesoro de experiencia y sabiduría, que suele traducirse en lo más importante: sentido común. Esos veteranos son los mejores consultores de los gobiernos -a veces mucho mejores que expertos internacionales. Sus conocimientos pueden contribuir a mejorar continuamente nuestra Administración Pública.

CONFIAMOS EN que la carrera del servicio público será fortalecida con las condiciones e incentivos para retener los mejores y atraer nuevas generaciones con ideas de vanguardia. Tradición e innovación se complementan. Conservar lo bueno del pasado y crear lo nuevo necesario.

El héroe es siempre una encarnación de ideales. Otorgar ese calificativo a una persona equivale a proponerle como modelo cívico a imitar. Las cualidades que les admiramos son espejo de los valores que proponemos a la sociedad. Si las virtudes de integridad, justicia, perseverancia, sacrificio y compromiso, son cualidades estimables, entonces en este país hay muchos héroes olvidados. Que trabajan diariamente para servirnos. Sin aplausos. Pero con el orgullo de servir y el amor a su pueblo.

 

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